Tres
de la mañana.
Regreso a casa. Me encanta volver a casa. Afuera hacen tres grados de
temperatura. Cae una lluvia constante y ligera. Camino por calles
solitarias. Se oye el ruido lejano del centro de la ciudad y de algún
tren que bordea el Rín. Se respira un aire frío, fresco y
delicioso. Las sombras alargadas de la noche me siguen sigilosas...se
lanzan a los charcos de la calle creyendo que se pueden esconder de
mí. Un carro, un sólo carro cruza la noche con cuatro jóvenes en
él. Deben regresar de un bar o del trabajo. Un gato atraviesa la
calle de improviso. Llevo las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Tengo puesta la bufanda negra. Me protege de un resfriado. Eso me
digo yo. Camino sin prisas. Disfruto el instante. Me siento bien, muy
bien, en realidad. He dejado en el piso de ella mis sueños y deseos.
Me ha robado la tristeza que tenía. Ella, con su piel dorada y
su juventud a flor de piel, ha poblado mi cuerpo de amor. Ella, mi
secreto, mi otro yo, mi refugio, mi amada. Es un placer llegar a
ella, regresar de ella. Saber que existe, que no quiere nada de mí,
salvo que nos amemos.
Toca
el piano como las diosas. Hoy ha tocado el allegro del concierto
número 5 de Beethoven, conocido como El Emperador, y me explica que se lo dedico a Rodofo
de Habsburgo, quien era protector del compositor. Me pide que escuche con atención el
comienzo pues es ella.
Quiere que entre los dos no haya máscaras, sólo realidad. No utiliza nunca la palabra verdad. Mientras está concentrada tocando el piano, puedo mirarla sin cansarme, dejarme seducir por su música, su sonrisa, su mirada, su cuerpo que quiere el mío. La vida tiene sus razones para llevarnos a otros amores a otros sueños cuando pensaba que ya moría, que moría de tristeza. Pero un día hace poco más de un año el azar hizo que nos cruzáramos en un tren que nos volvió uno.
Quiere que entre los dos no haya máscaras, sólo realidad. No utiliza nunca la palabra verdad. Mientras está concentrada tocando el piano, puedo mirarla sin cansarme, dejarme seducir por su música, su sonrisa, su mirada, su cuerpo que quiere el mío. La vida tiene sus razones para llevarnos a otros amores a otros sueños cuando pensaba que ya moría, que moría de tristeza. Pero un día hace poco más de un año el azar hizo que nos cruzáramos en un tren que nos volvió uno.
Camino
y camino. Sueño y sueño. La llevo en mi piel, en mi sonrisa, en mi
mente, en mi corazón. La llevo conmigo mientras la lluvia cae y
empapa los jardines de gotas y brillos y reflejos. Un silencio
maravillado me acompaña.
Ella
se queda con su vida y yo regreso a la mía. Ambos sabemos que pronto
nos volveremos a ver, que los sueños nos volverán baile, risa y
amor, amor como sólo aman los enamorados de la vida. Ella me llena
de vida, me devuelve vida, me rescata de la caída.
Estoy llegando a casa y ella sigue en mi cuerpo. Desando los últimos metros bajo la lluvia que suena en mis oídos como música, como el eco maravilloso de su voz.
Hoy me acostaré con la firme intención de nunca más despertar de sus sueños.

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